Balcón con esteladas

Foto realizada por Egor Myznik disponible en en Unsplash

«Cataluña, amor mío: ¿qué han hecho de ti?»

Amarillo, amarillo everywere. Así es como lo veo todo desde que volví hace más de dos meses a Cataluña, mi tierra. Y es que pasé doce años de mi vida en Galicia –el amor que sentí por dos hombres me hizo llegar por el primero y, al tiempo, quedarme por el segundo–. Vale decir que pasé allí mis mejores años de juventud, todos mis preciosos veinte, entre pulpo y cachelos, hórreos y meigas, y entre muchos «manda carallo» y «malo será». Fui feliz. Aquella verde tierra fue amable conmigo, sus gentes fueron mi gente. Pero llegó un día en el que algo me empezó a gritar desde dentro, algo me arañaba el pecho y me decía: vuelve, vuelve. Y así hice, aunque en 2020 se me truncaron los planes, pues pretendía cambiar de aires justo en las fechas en que empezó el confinamiento. Consecuencia: tuve que esperar justo doce meses para poder movilizarme con cierta normalidad. Aquí tengo a la mayor parte de mi familia, entre ellos mis padres y hermanas, y cada año de mi vida en el Hogar de Breogán, les hacía una visita que duraba poco más de una semana. Ya en esas semanas, año tras año, pude ver cierta trasformación –y eso me dispongo ya a desarrollar sin más rodeos– que, aunque fueron cosas leves como alguna que otra estelada o manifestación, ya se olía cierto aroma de recelo. Recuerdo en 2006, con la renovación del Estatuto de Autonomía de Cataluña, como, gracias a los medios de comunicación y su reiterada insistencia con el tema, ya fue motivo de disputa –y cierta mofa– lo que rezaba en el preámbulo con algo así como «Catalunya és una nació», y desde entonces, la cosa ha ido a peor. Desde hace años, las relaciones entre la Moncloa y el Palau de la Generalitat son casi inexistentes y en la Comunidad se ha evolucionado del debate sobre competencias y la interpretación del término “nación” al de independencia ‘sí o no’. Puede que si algún catalán empiece a leer todo esto, me diga que todo empezó en 1714 con el ataque a Barcelona por el ejército borbónico de Felipe V, o que incluso antes, pero es que los corazones secesionistas siempre han latido aquí y allá –si incluso en Castilla ondean a veces una bandera con estrella roja– pero hoy, el de Cataluña late con más fuerza que nunca, el enojo es grande y sus medidores de hartazgo se han salido de los límites.

Contexto real.

Pero pongámonos realmente en contexto. En los años 30 del siglo XIX, surgió, en la élite barcelonesa, un movimiento puramente cultural, el Catalanismo, orientado a la exaltación de los valores propios y distintivos de la personalidad histórica de Cataluña: sus tradiciones, su cultura y la lengua catalana –reducida esta, por cierto, a la Nada desde la victoria de «el Animoso»–. Esta corriente cultural, fue, con el paso de los años, transmutando y adquiriendo serio significado político hacia los últimos años del mismo siglo. Fue tan sólo a principios del siguiente cuando se gestó ideológicamente la corriente de pensamiento nacionalista como variante de ese fulgurante y reivindicativo Catalanismo decimonónico. Cabe destacar que, contrariamente a lo que se empeñan en difundir los intelectuales catalanes actualmente, ni en el siglo XVIII ni en el XIX existía un sentimiento nacionalista catalán ni ánimo de secesionismo extendido y mayoritario, todo lo contrario, la defensa de la identidad española en Cataluña era igual de amplia que en cualquier otra parte del país y los catalanes iban a la guerra a defender España con toda furia, igual o más que un andaluz o un madrileño. Lo otro, resulta invención y parte del argumento actual para intentar ilustrar al catalán como siempre disconforme y rebelde luchador lleno de rencor y rechazo contra todo lo que oliese a español.

Para reírse un poco.

Pero aún hay más y mejor. Si leéis la prensa, os habréis percatado de la ridícula tendencia, hace unos años y de la mano de varios  pseudohistoriadores (ninguno reconocido por otro de prestigio, por cierto), de difundir una “Nueva Historia” de Cataluña inventada y falsísima dándola por verdadera, tratando de “comprobar” la autenticidad de hechos como la identidad catalana de personajes de la talla de Colón, Shakespeare, Marco Polo, Da Vinci ¡o incluso el mismísimo Miguel de Cervantes! O de trascendentales hechos históricos como decir que Cataluña es la nación más antigua, la primera del mundo y que se remonta al siglo VII a.C., que Roma no fue lo que fue hasta que entraron los catalanes o que la invasión, el saqueo y el espolio el descubrimiento de América fue cosa de catalanes. Dime de qué presumes… No quieren cambiar sólo la historia de Cataluña, ¡pretenden cambiar la del mundo! Digo todo esto porque hay que saber separar el grano de la paja, aunque, a poco que tengas dos dedos de frente, ya se sabe que todo esto es basura propagandística, y para más inri, financiada por la Gene. Pero, aunque parezca mentira, desgraciadamente hay gente que la toma como cierta y reveladora y esa, amigos, es lo más peligroso. Si se creen eso, se pueden creer cualquier cosa que se les diga. Cualquiera.

Sigo.

Como mencioné antes, es tan sólo a partir de principios del siglo XX cuando, motivado por los numerosos recortes de libertades, entre el pueblo catalán (o más bien entre la clase política, pues esta quien prende la mecha y luego me explicaré) crece, poco a poco, el sentimiento de ir por libre. Y es que fueron muchos los guantazos que recibió el catalán para enfadarse de ese modo y que provocasen sus ganas de largarse de aquí de una vez por todas y gritar que et bombin, Espanya!! (¡que te den, España!): aparte de casi 200 años de ninguneo y vilipendio centrista, se encuentran con la dictadura de Miguel y poco más tarde, con la dictadura entre las dictaduras, la de Paco. Sobra decir el papel de descrédito y desconsideración al que fue relegada la lengua catalana durante los cuarenta años de franquismo. Porque cierto es que no existía una voluntad mayoritaria de independencia, pero lo que también es cierto es que sufrieron un varapalo tras otro. Eliminar la Generalitat era gravísimo, pero es que ni siquiera podía hablarse catalán en público. Ya no digamos en cualquier acto oficial. Algo tan propio y extendido como es la lengua, quedó relegada, por la fuerza, al ámbito particular. Y pobre del que la hiciese salir de ahí.

Transición política

Y llegó la democracia y, con ella, cierto aire de reconciliación. Las Diadas –prohibidas por Miguel, permitidas en la II República y prohibidas de nuevo por Paco– volvían a celebrarse cada 11 de septiembre y en sus marchas, rara era la estelada que ondeaba. La gente –gente normal, obviando el grupo terrorista Terra Lliure que mató y asesinó desde el 78 hasta el 91 cantando al mismo son de la ETA– sólo ansiaba recuperar sus libertades básicas robadas y poco a poco se fueron cumpliendo promesas en vistas del clamor popular: en septiembre del 77 se reestablece la Generalitat y en octubre se aprueba la primera ley de amnistía política. Dos años después sería aprobado el Estatut d’Autonomía. Incluso fue proclamada la Diada como Fiesta Nacional de Cataluña en 1980. Y los años pasaron con los democristianos de centroderecha gobernando legislatura tras legislatura con la normalidad más aburrida del mundo.

Lo que sigue me pilló fuera.

Hasta hace no más de diez años, que las calles se volvieron escaparates engalanados de carteles, pancartas, lazos de plástico y guirnaldas como si el circo hubiese llegado a la ciudad o como si fueran las fiestas locales: Llibertat Presos Polítics!, Ho tornarem a fer, o 1-O (en alusión a la votación del 1 de octubre de 2017) son algunas de las consignas que se pueden leer si se pasea por las calles del pueblo que me vio crecer, Vilafranca del Penedès. No sabéis lo que es ver calles sucias de enfadada propaganda hasta que contempláis un rato las de algún pueblo catalán. Los descoloridos y roídos lazos de plástico amarillo, que simbolizan el apoyo a la libertad de los «presos políticos», cuelgan de todo aquello a lo que puedan atarse: barandillas, árboles, balcones, farolas, rejas de pórticos de iglesias, papeleras, bancos, antenas… A raíz de esto y ya «hasta la coronilla», un grupo anti independentista organizó en 2019 un vistoso y reivindicativo acto en la plaza Sant Jaume, frente al Palau de la Generalitat, en donde descargaron una decena de sacas de lazos amarillos retirados de numerosos pueblos de Cataluña. Quilos y quilos de plástico, un plástico contaminante que parece no importarle en absoluto al secesionista que llena todo con ellos, y es que, aunque no se quiera, tarde o temprano son arrancados por el viento llegando hasta los montes, aunque no se quiera, son arrastrados por el agua hasta las alcantarillas y volcados al mar para ser el menú improvisado o bien trampa mortal para cualquier criatura marina; plástico que tardará menos en descomponerse que en alcanzarse al fin la codiciada república catalana.

Pintadas del lazo amarillo de marras lo inundan todo aquí: fachadas, bancos, asfalto, escaparates, puertas de garajes, vallas publicitarias, señales de tráfico, marquesinas de autobús…
Escenas como estas son el pan de cada día en la mayoría de las poblaciones catalanas.
Fotografía realizada por Jordi Gili disponible en Wikimedia Commons.

Cuando los críos son pequeños los adoctrinan, cuando son más mayores los criban.

Y es que te das cuenta de que la cosa se está saliendo de madre cuando a tu hermana de 13 años le entregan, a principio de curso en el instituto, una ficha que ha de rellenar marcando casillas con diversas opciones a escoger, entre ellas, sus preferencias idiomáticas, es decir, si bien se siente más cómoda hablando castellano o por el contrario catalán y con quiénes habla o no dichos idiomas, cuál es el idioma principal del núcleo familiar o su opinión acerca de la actualidad (ya sabemos cuál). ¡¿Quieren acaso cribar a niños de 13 años, DE 13 AÑOS, según su ideología?! Pero si a esas edades no saben ni a lo que querrán dedicarse en el futuro, ¿cómo se les pregunta por cuestiones políticas? Y esto es lo que sé de primera mano, experiencia real, pues la constancia de que exista verdadero adoctrinamiento en las aulas cuando son más pequeños, sólo la tengo gracias a las denuncias plasmadas en la prensa. Es muy fuerte que a niños de primaria se les haga dibujar y colorear lazos amarillos y esteladas, o que las haya colgadas en infinidad de colegios, o que incluso libros que usan los más pequeños, sean adoctrinamiento puro y duro, y quien diga lo contrario, tiene un serio problema. Adjunto alguna que otra imagen de lo que hablo.

Ahora viene cuando pierdo los followers (o los gano).

Me permito el lujo de escribir libremente, y gracias a la oportunidad que se me brinda en esta web, que los tres partidos independentistas con representación hoy en el Parlament, es decir ERC, Junts y la CUP, son para mí como una especie de Cancerbero, la bestia de tres cabezas que ni permite salir a los muertos (en el caso de esta arriesgada metáfora, los separatistas) ni entrar a los vivos (en contraposición, los anti separatistas). Son pues, estos tres grupos de personas que “dicen cosas”, los que azuzan con su adornada palabrería (basta que el político diga «tal» para que el cegado votante haga «cual», como pasó con Trump y el asalto al Capitolio recién empezado el año, y eso es a lo que me refería antes con lo de que son ellos quienes encienden la mecha) prometiendo el oro y el moro haciendo creer a sus votantes que tras la merecida independencia de la «puta Espanya», Catalunya vivirá una especie de Era mágico-fantástica donde desaparecerá el paro, se eliminarán los impuestos, dejará de existir la corrupción, ya no habrá más crímenes, los unicornios trotarán libres por las ramblas y habrá calçots gratis para todos; que todo será perfecto y hermoso y todo el mundo será feliz, ¡felicísimo!

El político independentista catalán brincando junto a sus votantes por los azucarados prados de Cataluñalandia.

O eres de unos o eres de otros.

Permitidme que me seque las lágrimas antes de seguir. No se puede pretender gobernar sólo para la mitad de la gente, no se puede pretender tener a una mitad enfadada y a la otra mitad a la defensiva. Yo no puedo salir a la calle con una simple camiseta amarillo pálido y oír que me llamen nazi por “lo bajini”. Esto me pasó un día de descuido, pues siempre (y esto es una cosa avergonzante que aquí confieso) tengo el cuidado casi obsesivo de revisar antes de salir de casa para no llevar puesto nada amarillo, –por ridículo que sea el detalle– para que no piensen lo que no es, ni un bando ni el otro. Y Dios mío, acabo de decirlo: bando. Como en la guerra, hay bandos y puedes estar en un lado o en el otro, o en ninguno, como el hikikomori que prefiere no salir de su cuarto. El nivel de enfado y crispación en los portadores de esteladas o rojigualdas es preocupante, al menos lo es para mí. Los primeros culpan a España de sus males, de sus precariedades y carencias, de los abusos y recortes de libertad a los que son sometidos desde tiempos inmemoriales, y los segundos están dispuestos a defender con uñas y dientes (y muchos con el arcaico brazo alzado) lo que Isabel y Fernando unieron en sus nupcias hace más de 500 años y tanto, según ellos, ha costado conservar.

Aunque todo se torció irremediablemente desde el recorte al Estatut en 2010, las primeras Diadas súper multitudinarias a partir de 2012 y las distintas fechas aprobadas por el Parlament –y prohibidas por el Gobierno– para realizar la votación, no llegó a agravarse realmente la situación hasta, primero la anhelada realización del referéndum en 2017 y, después, el juicio y detención de los líderes del llamado Procés.

Punto de no retorno.

Las urnas requisadas y las cargas policiales en aquel 1 de octubre, hicieron estremecer a cualquiera que tuviera un mínimo de sensibilidad y empatía. Mujeres y ancianos fueron aporreados y empujados por “la ley” y fueron estampas nunca vistas desde la persecución de “los grises” a los jóvenes de los 60. Eso enfadó mucho a Cataluña.

Días después, Puigdemont proclamó en el Parlament de Catalunya la República Catalana como «Estado independiente y soberano, de derecho, democrático y social», aunque fue suspendida por el mismo Puigdemont 56 segundos después. Eso enfadó mucho a España.

Poco después y como reacción, el gobierno de Rajoy disolvió tanto el Govern como el Parlament y aplicó el artículo 155 de la Constitución. Cataluña era gobernada desde Madrid. Eso enfadó mucho a Cataluña.

Puigdemont se olía lo siguiente y se marchó del país. España lo llama fuga. Cataluña, exilio. Eso enfada mucho a España.

Varios líderes políticos, de asociaciones y agrupaciones independentistas son encarcelados cautelarmente e interrogados en un mediático juicio que se alarga durante meses. Finalmente, la esperada sentencia es clara: nueve de ellos son encarcelados con varios años de prisión cada uno (99 años suman entre todos). Eso enfada mucho a Cataluña.

Consecuencia de la sentencia, las calles de Barcelona arden durante días y los altercados se suceden noche tras noche. Exigen la libertad de los presos políticos, como Cataluña los llama. Eso enfada mucho a España.

En el momento en el que este artículo nace, se habla de indultos a los presos por parte del Gobierno de Sánchez. Eso, creo, volverá a enfadar mucho a España.

Y ya acabo.

He resumido todo de la manera más elemental y somera, pero podréis haceros una idea de lo gato-ratón que resultan estos dos beligerantes nuestros. No sé hasta cuándo seguirá el ambiente de crispación y enfado entre vecinos de un mismo barrio, –en un balcón puede estar sonando el himno de España y justo en el de enfrente Els Segadors–, pueblos que hasta hace diez años simplemente vivían y dejaban vivir, hoy se encuentran fraccionados entre los que defienden una idea u otra, y no puedo evitar mencionar que me vienen tintes anacrónicos con todo este asunto de “o eres de los unos o de los otros”, con todo ese simbolismo lucido con orgullo y “que se vea” (pulseras rojigualdas los unos y broches amarillos los otros) y toda esa parafernalia cartelista propia de años pasados. Miedo me da de los más jóvenes, que llevan años bebiendo de este cáliz de odio. Ojalá, del mismo modo que tiene desarrollada esta generación una innata inteligencia para asuntos como la tecnología, la tengan también para aspectos políticos. De ellos dependemos.

Me marcho unos cuantos años y a la que me descuido un poco, me encuentro con una Cataluña patas arriba, ¡qué han hecho de ti, querida mía! Me da pena y rabia porque sé que la tan, por muchos, ansiada república tardará décadas en llegar (si es que finalmente llega), puede que ni viva para verlo, y hasta entonces, el litigio y el enfado en la gente seguirá, seguirá y seguirá. No consigo estar feliz en mi propia tierra porque amo a Catalunya, pero también amo España.

Esto ya no es lo que era. Aunque bueno, como con todo, supongo que es cuestión de acostumbrarse.

Joven mostrando un cartel en apoyo a los presos catalanes en una de las habituales manifestaciones en Cataluña.
Foto realizada por Adolfo Lujan disponible en Flikr.
Las manifestaciones en contra de la independencia son también muy habituales.
Fotografía realizada por Españoles a pie disponible en Flikr.

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