Foto de Bam Mccarthy en Unsplash

Si fuesen tan malas como dices, no estarían a la venta.

Cualquier joven «energizado»

Y yo me pregunto: ¿a santo de qué viene tan exagerado éxito en el consumo de bebidas energéticas entre niños, preadolescentes y adolescentes en cuestión de poquísimo tiempo en este país? ¿Es quizás una moda avivada por las redes sociales (desde luego unas redes que atrapan como lo hacen las de pesca), que casi la mitad de los menores españoles tienen y de las que sobre todo abusan a diario?

Entre ellos, ya existía un consumo altamente generalizado (incluso diríamos normalizado y ya mucho antes de mi generación) de la bebida reina: Coca-Cola. De hecho, al menos en mi entorno, era concebida como «para niños», y creyéndola los padres inocua, se nos daba prácticamente a diario, pues no se le atribuía ninguna contraindicación importante más allá de la cafeína —de noche no se podía tomar, y sólo porque si no, ¡a ver quién nos acostaba a nuestra hora!—, pero vaya, ¡salvación!, se nos compraba Coca-Cola sin cafeína y… ¡voilà!, a seguir bebiendo despiadadamente. Por suerte, a día de hoy, o al menos más que hace 30 años, son ya conocidos los exagerados y peligrosamente elevados niveles de azúcar y cafeína que tiene Coca-Cola. Y no, no es solución beber las versiones light o zero para estar en paz con uno mismo y pensar que está haciendo bien las cosas, porque, según la tabla nutricional tendrá 0% azúcar, de acuerdo, pero se usan edulcorantes artificiales con un poder endulzante hasta 500 veces superior, muchos de los cuales tienen nombres tan complicados que, posiblemente, mucha gente obvie su lectura: dextrosa, maltodextrina, galactosa, sucralosa, acesulfamo, ciclamato, o la más conocida, la sacarina… y es quehan de lograr endulzar la bebida de algún modo, de lo contrario, sería imbebible para cualquiera. Mucha gente intenta huir de las bebidas azucaradas, pero bebiéndose las “sin azúcar”, se están haciendo más daño del que creen ingenuamente evitar.

Yo, personalmente, no bebo Coca-Cola (ni ningún otro refresco) desde hace siete años. La bebía mucho, pero llegó el día en que reaccioné; me di cuenta del abuso, y digo abuso porque no era beber por sed, era beber cada día en la comida y a veces también en la cena, es decir, una o dos latas diarias, y si salía a tomar algo, era o bien Coca-Cola o cualquier otra de su familia. Corté de golpe y la abandoné sustituyéndola por agua. No mentiré diciendo que nunca más la probé, pues en alguna ocasión, a lo largo de estos siete años, un par o tres de latas me habré tomado en alguna terraza en algún mes de verano. Caí por la mezcla entre una sed tremenda y esa necesidad voraz de azúcar que tiene nuestro cuerpo en algún momento dado, pero han sido exclusivamente en esas ocasiones y no más. Ni la necesito ni la quiero, ni me apetece ni me favorece.

Cuento esto de los refrescos como Coca-Cola porque, si ya era mala con sus altos niveles de azúcar y cafeína, las nuevas bebidas de moda, las llamadas falazmente energéticas Burn, Redbull, Rockstar o Monster, siendo esta última la nueva reina líquida entre los chavales, tienen muchísima más cantidad de azúcar y cafeína que su predecesora. El preadolescente al que se le advierta de esto dirá que no es cierto, que es exagerado, e incrédulamente —y puede que hasta un poco enfadado— seguirá bebiendo como si creyese tener sed. No dan crédito a datos que creen sacados de contexto o inventados para castigarlos y prohibirles despóticamente el consumo de su bebida favorita. Y la cuestión es que se les habla del azúcar y se les habla de la cafeína pero no de por qué es tan malo el abuso de estos ingredientes para la salud, de por qué son tan negativos para un cuerpo y un cerebro que aún está en desarrollo y cambiando cada día más. ¡Ojo!, no pretendo demonizar al azúcar, pues dentro de la cantidad diaria recomendada, no resulta perjudicial. Lo que aquí denuncio es el abuso desmedido y descontrolado al que, ciegamente, se ven abocados nuestros púberes. No cuento nada nuevo cuando digo que todo en abuso es malo, ¡incluso el ejercicio lo es! Azúcar y cafeína no son enemigos del cuerpo, pero sólo si se toman con cuidado. El adolescente —porque para un niño ya debería ser ¡impensable! que pudiera tener acceso a cualquier bebida de estas— necesita conocer qué cantidades reales de ingredientes hay en esas latitas de hipnóticos brillantes colores, necesita conocer cuáles son los efectos del consumo frecuente de todo esa azúcar, necesita saber qué conlleva beber a diario toda esa cafeína. Se extrañan y se preguntan por qué razón les cuesta dormir por las noches pero no les extraña que sientan la necesidad de beber Monster a todas horas sin ni siquiera tener sed.

Foto de Erik Mclean en Unsplash

Y dije antes lo de “falazmente energéticas” porque lo único que hacen estas bebidas es ponerte nervioso, pero estar nervioso no es dar energía: una cosa es temblar y otra correr una maratón. Gracias a esas cantidades de azúcar, uno “se pone eléctrico” unas horas y luego viene el bajón. No entraré en detalles nutricionales pero es popularmente sabido que el azúcar altera durante un rato el organismo: ¿por qué siempre se ha dicho que los niños no pueden comer mucho dulce, que se ponen como motos? ¡Por todo el azúcar que tienen esos dulces! El azúcar es el culpable del “subidón” momentáneo que dan los Monster, así como de la necesidad imperiosa de beber y beber y querer beber más: amigos míos, el azúcar es adictivo, y si una cosa tienen los Monster, es precisamente azúcar. Y qué decir del impacto en la salud dental, vamos, sobra hacer mención al tema.

Dicen también que les cuesta coger el sueño, que no consiguen descansar o que duermen pocas horas. La cafeína, ¡esa es la culpable! Los que trabajan de noche, por ejemplo, lo saben, los que necesitan mantenerse espabilados y no quedarse dormidos, se beben un café o dos y aguantan unas horas bien alerta; el café tiene cafeína, es esa cafeína la que quita el sueño: ¡los niños y adolescentes que beben Monster beben tanto o más café tú, amigo/a lector/a! No duermen bien porque con cada lata tienen 3 cafés expreso encima. Y aún hay más, pues, a parte del insomnio, los síntomas del exceso de cafeína son ansiedad, irritabilidad, problemas de concentración, nerviosismo, angustia, trastornos gastrointestinales, temblores y taquicardia. Y nadie les explica eso. Creen —los padres los primeros— que puede ser debido a la edad o al estrés de los estudios, pero no se les pasa por la cabeza que pueda ser por ese líquido verde que contienen esas latitas gigantescas y que algún que otro youtuber usa de decoración en los fondos de sus vídeos, lo que conlleva que sus jóvenes fans quieran tener igual sus leoneras  habitaciones.

Penado debería estar, además, que las empresas que comercializan estos brebajes lo hagan con eslóganes atractivos y atrayentes como Red Bull con “Te da alas”, Monster con “Desata la bestia” o Burn con “#StudyOnFire ¡Te damos la energía que necesitas!”. Parece que con estas bebidas se va a poder con todo y te van a otorgar una energía alucinante, pero es que el concepto “energético” lo han creado estas empresas, ¡porque no aparece en ningún código alimentario! La EFSA (Agencia de Seguridad Alimentaria Europea en sus siglas en inglés) lo considera engañoso y prohíbe que esas bebidas se atribuyan la capacidad de energizar. Y diréis, ¿sólo azúcar y cafeína llevan estas bebidas? Pues claro que no. Llevan otros ingredientes, sí, y a las autoridades les preocupa más incluso que los dos protagonistas de este artículo, pues sus efectos son impredecibles. Algunos de ellos, y sólo por nombrar a algunos,—todos con supuestas propiedades energéticas y revitalizantes, la mayoría sin el respaldo de la comunidad científica— son el ginseng, la taurina, la guaraná, la ginko biloba,  la carnitina o el extracto de café verde. Las bebidas energéticas contienen no uno o dos ingredientes de estos, sino que en muchos casos los llevan todos, y el peligro viene cuando algunos de estos ingredientes se combinan, pues unos multiplican el efecto de otros (como es el caso del ginseng con la cafeína) y la bebida que ya era perjudicial, se vuelve doblemente perjudicial.

Foto de Daniel Juřena en Flickr

Me parece preocupante la popularidad de estas bebidas entre los menores, bebidas consumidas normalmente en grupo, con la cual hacen una story con el hashtag adecuado y a beber cuales rusos con vodka porque, ¡eh!,

“s lo ke se llva 😛.

Ellos mismos añadirán: “si fuesen tan malas como dices, no estarían a la venta”. Queridos míos, a las empresas fabricantes, tu salud es lo que menos les importa. Ellos elaboran sus recetas de espaldas a las entidades alimentarias, y con la ayuda de campañas de difusión, diseñadas y pensadas casi científicamente dirigidas de modo unidireccional a vosotros, sois cautivados como las sirenas con sus cantos cautivaban a los marineros en la Odisea. Destacar que a día de hoy, los influencers les hacen la mitad del trabajo a estas empresas; de hecho, posiblemente los consumidores jóvenes lo son más por sus ídolos digitales que por las campañas publicitarias al uso. Sabed pues que se hacen de oro a costa de vuestra salud. Se hacen de oro mientras vosotros sois enfermos en potencia de diabetes por causa del azúcar y problemas cardíacos por causa de la cafeína. Es increíble que estas marcas sean incluso anfitrionas  de eventos deportivos, como es el caso, por nombrar a una cualquiera, de Red Bull, que patrocina y organiza mayoritariamente deportes extremos en los que la adrenalina es la prota y con los que los jóvenes se sienten con frecuencia atraídos; gracias a esta combinación de juventud + deporte, los toros rojos generan miles de millones de euros.

Y estoy escribiendo todo esto cuando estas bebidas son consumidas solas, pero existe un problema mayor si cabe, y es su habitual uso mezclado con alcohol. Los adolescentes son ávidos bebedores desde bien temprano, eso es una realidad asumida, todos lo hemos hecho, pero es muy habitual desde hace unos años hacerse el cubata combinado no con la mítica Coca-Cola o Fanta de naranja, sino con la bebida de moda, con una bebida energética, lo cual crea una “sobreexposición” de efectos devastadores para el cuerpo: cuando nos emborrachamos, llega un momento en el que nos sentimos cansados, adormilados y es porque el alcohol tiene un efecto depresor en el sistema nervioso central, provoca un sueño o cansancio que lleva a dejar de beber ¡¡pero las bebidas energéticas encubren ese efecto haciéndonos beber más, con lo cual nos arriesgamos al coma etílico!!

¡Es que está todo mal!

Puede sonar todo esto exagerado y tremendista pero no lo es. No somos conscientes de la adicción a la que están condenados nuestros menores, expuestos los que aún no son consumidores y sumidos en ella los que ya no pueden/quieren dejar de beber. Padres, no es gratis que beban esas mierdas, y no porque la lata os cueste dinero, sino por las consecuencias que traen y, tarde o temprano y de seguir en esta tendencia, traerán. NO son bebidas inofensivas, NO son bebidas para niños o chavales. Igual que no le darías de beber a vuestro hijo 2 vasos de agua con 11 cucharadas de azúcar y acto seguido hacerle beber 3 cafés solos, no le compréis UNA lata de bebida energética. Pero no le castiguéis y ya. Habladle y explicadle por qué razón es malo, hacedle ver que ellos se sienten mal por esa bebida, tienen que comprobarlo ellos mismos, tienen que dejarlo ellos porque han entendido que ok, está bueno, pero NO es bueno. Es responsabilidad nuestra hacerles ver que hacen mal. De adolescentes se cometes muchos errores, se hacen muchas tonterías, de acuerdo, pero arriesgarse gratuitamente a la obesidad, a la diabetes o a una enfermedad cardíaca no es una tontería. Hagamos algo YA o en unos años acabaremos bautizando a nuestros ahijados con latas de Monster.

Y ya conozco la respuesta de cualquier adolescente o preadolescente que lea todo esto: ok, boomer.

En fin. Como dice mi padre: yo no digo ná.

Una cosa tengo clara: si hay algo que toman nuestros jóvenes son tazas y tazas de café y quilos y quilos de azúcar.
Fotos de Izz R y Mathilde Langevin respectivamente en Unsplash.

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